Llevo días pensado sobre mi anterior entrada, sobre qué ha significado y qué significa China en los últimas décadas sobre la vida de sus ciudadanos.
Acaba de morir Kim Jong-Il, dictador de Corea del Norte, el eco de su muerte ha sonado en Shenyang (Liaoning, provincia fronteriza con Corea del Norte) así como en China en general. Éste, como su padre, pasará a la historia como uno de los mayores genocidas de los últimos tiempos así como el responsable de la mayor catástrofe de desnutrición que alcanza al 50% de la población. Que leves son las palabras, sólo dos, “mayor genocida” y que desapercibidas pueden pasar cuando uno hace una lectura rápida de cualquier diario o blog.

Se hacen cálculos virtuales sobre el número de muertos a sus espaldas, se incide sobre el carácter ideológico del dictador de turno, se pone de ejemplo cuando uno entra en el debate ideológico: ése es el pan de cada día cuándo uno habla del represor correspondiente. Llámense Mao Zedong, Stalin, Pol Pot, Ceaucescu (comunistas) Hitler, Mussolini, Videla, Franco o Pinochet (fascistas) o genocidas africanos y asiáticos con un marcado carácter étnico.
¿Qué prevalece a posteriori? La memoria. La memoria de la barbarie y muerte.
Para ello, primero habría que trabajar en el esclarecimiento de la verdad para a continuación hacer un ejercicio de reflexión. Éso nos permitiría alcanzar un estado más cercano a la realidad.
De la Historia se aprende que no ha existido ninguna forma de gobierno hasta ahora que no concentrara su cuota de poder en una élite: Monarquía, Despotismo, Fascismo, Comunismo y finalmente Democracia. Un país, un Estado, “gobernado” por unas élites militares, religiosas, aristocráticas, políticas y económicas. Por debajo de éstos, una población que se mueve en unas condiciones de vida inestables a expensas de los intereses de los órganos de poder. Pero de si de algo no hay duda históricamente es que el término dictadura va ligado a represión y muerte.
Ahora pensemos dada la situación siguiente: un país que en los últimos 30 años ha crecido a un ritmo de un 10% anual, que tras una correcta gestión ha hecho salir de la pobreza a 300 millones de personas, con una minoración de la represión por parte del Estado; y aquí vienen la preguntas ¿más vale una mala democracia que la mejor de las dictaduras?
¿Deberían luchar los chinos por cambiar el sistema mixto de capitalismo/socialismo que tanto “progreso” les está aportando o simplemente atacar los abusos represores de sus dirigentes políticos?
No lo tendrán nada fácil, como bien leía en este artículo
“Las personas tienden a defender al sistema, aunque sea injusto o corrupto”
El ciudadano deberá luchar contra su propio síndrome de Estocolmo del secuestrado.
Hace un par de horas, todo lo anteriormente escrito cobraba forma y explicación:
Lágrimas de tristeza de mi vecino norcoreano por la muerte de su líder.